Ya llegó la Medianoche.

No esas mediasnoches tan rica, tan dulces y sabrosas que podemos comprar en las pastelerias y obradores de nuestra tierra.

La Medianoche, la hora de las brujas.

Esa hora en la que antiguamente solo el sereno rondaba las calles, velando por la seguridad de los extraordináriamente raros viandandes que se pudiera encontrar.

Esa hora mágica donde la fantasía se apodera tanto de los soñantes dormidos como de los soñantes despiertos.

¿Quién no ha desvariado en la Medianoche?

¿Quién no ha soñado en la Medianoche?

Pero el sereno, imperturbable, incorruptible, abnegado, denostado personaje que tranquilizaba a parroquianos y visitantes de tantos y tantas pueblos y ciudades de este nuestro país.

Ese viejo sereno ya dejo de existir, sus pasos se perdiero, al igual que el tintineo de las llaves. Esas llaves que llevaba de todas las puertas, de todas las casas, de todos los vecinos, de todos los parroquianos. También se perdió esa letanía que acompañaba cada hora a la punta.

LA MEDIANOCHE Y SERENO.

Yo, como amante de la tradiciones, rescato el mito de Sereno.

Pero al haber perdido su razón de ser, el nuevo Sereno, se dedica a copear.

Copear, aunque no lo diga ningún diccionario, es uno de los deportes nacionales. Aunque cada vez se va perdiendo un poco más, ya que poco a poco está llegando a ser un deporte de riesgo y un deporte de élite.

Me encanta la Medianoche.

Me embelesan las brujas.

Medianoche y brujas, una combinación explosiva.

Veamos que resulta de todo esto...

Mientras el Sereno deambulará por las Mediasnoches de su vida, arrastrando esos pasos cansinos y renuentes haciendo tintinear las llaves de miles de vidas, pasadas, presentes y futuras, haciendo sonar su atormentado cantico periodico.